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martes, 20 de diciembre de 2011
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sábado, 18 de septiembre de 2010
Luces y sombras sobre Europa
Una de las cosas que más me fascinan de la vida de Stefan Zweig es, en el fondo, una de las más anecdóticas; Stefan Zweig nació en 1881 y vivió hasta 1914 con la seguridad de que nada malo podría ocurrirle más allá de alguna coyuntura más o menos afortunada. Viena era una ciudad esplendorosa, con una riquísima vida cultural, y el mundo disfrutaba de un desarrollo tecnológico impensable hasta hacía poco (los avances se sucedían en todas las disciplinas casi a diario). Poco imaginaba nadie que en los siguientes años sufrirían una guerra mundial (la primera), la posguerra, el auge del nazismo, el ascenso de Hitler al poder (Zweig era judío) y otra guerra mundial (la segunda, si no me he descontado). Ante la inminente prohibición de sus libros en Alemania, Stefan Zweig relata su perplejidad de la siguiente manera en su libro de memorias ("El mundo de ayer. Memorias de un europeo" Ed. Acantilado):
"Resulta difícil desprenderse en pocas semanas de treinta o cuarenta años de fe profunda en el mundo. Anclados en nuestras ideas de derecho, creíamos en la existencia de una conciencia alemana, europea, mundial, y estábamos convencidos de que la inhumanidad tenía una medida que acabaría de una vez para siempre ante la presencia de la humanidad. (...) Tengo que confesar que en 1933 y todavía en 1934 nadie creía que fuera posible una centésima, ni una milésima parte de lo que sobrevendría al cabo de pocas semanas. (...) Justo después del incendio del Reichstag dije a mi editor que pronto se acabarían mis libros en Alemania. No olvidaré su estupefacción."
Está claro que el cúmulo de desgracias en pocos años no es algo ni mucho menos exclusivo de una persona, ni de un lugar, ni de un espacio determinado de tiempo, quizá por eso fue inevitable para mí establecer cierto paralelismo con nuestra época (que como todos sabemos alimenta sus propias sombras); una ciudad efervescente, el cambio de siglo, el avance tecnológico... Stefan Zweig nació en 1881 y yo en 1981 (de ahí lo de anecdótico) por lo que me es fácil entender lo que él (intelectual, humanista, europeísta y pacifista) esperaba de 1914. Estoy seguro de que no sería muy diferente de lo que cualquiera de nosotros espera de 2014, ya no digamos de 2039. Sin embargo hoy, entrado el siglo XXI, con este testimonio y tantos otros en la mochila, una oleada racista sacude Europa; el desastroso alcalde de Vic niega el empadronamiento a los immigrantes, Suiza aprueba en referendum impedir la construcción de minaretes en las mezquitas, el PP de Cataluña hace una campaña anti-rumanos en Badalona, los belgas flamencos no les alquilan pisos a su compatriotas francófonos, Sarkozy expulsa a ciudadanos gitanos de Francia (y la mayor parte de Cataluña lo aprueba) y la extrema derecha se cuela en los parlamentos de los países más avanzados. Ahora, como antes, los responsables de estos atropellos son gente culta que ejerce su poder (sobre todo económico) sin demasiada vergüenza.
Se da el caso de que Stefan Zweig pertenecía al selecto grupo de personas sin una adscripción política concreta y sin embargo con profundas convicciones éticas. En otras palabras, tenía todos los papeles para recibir de todos lados, sobre todo teniendo en cuenta la época de la que hablamos. Zweig era un romántico. Él nunca se define así de forma explícita pero basta acudir a su obra para comprobarlo. Se entenderá perfectamente con este fragmento de la introducción de la biografía de Fouché en el cual se refiere a la obra de Balzac:
"Balzac. Espíritu elevado y sagaz al mismo tiempo, no limitándose a observar lo aparente de la época, sino sabiendo mirar entre bastidores, descubrió con certero instinto en Fouché el carácter más interesante de su siglo. Habituado a considerar todas las pasiones -las llamadas heroicas lo mismo que las calificadas de inferiores-, elementos completamente equivalentes en su química de los sentimientos; acostumbrado a mirar igualmente a un criminal perfecto -un Vautrin- que a un genio moral -un Luis Lambert-, buscando más que la diferencia entre lo moral y lo inmoral, el valor de la voluntad y la intensidad de la pasión, sacó de su destierro intencionado al hombre más desdeñado, al más injuriado de la Revolución y de la época imperial."
Porque en este fragmento Zweig habla de Balzac cuando en el fondo lo está haciendo de sí mismo. Zweig modifica el baremo de lo moral y lo inmoral constantemente en su obra y en su vida. En este sentido el pasaje con el ladrón de maletas (que por desgracia no puedo reproducir aquí porque es muy largo) en el capítulo dedicado a París de sus memorias es un excelente ejemplo, no sólo de ese valor de la voluntad y esa intensidad de la pasión, sino también (y sobre todo) de esa equivalencia de cualquier elemento en la química de los sentimientos, lo que en definitiva guía nuestras acciones (no olvidemos que el odio es un sentimiento tan profundo como el amor). Una forma de mirar que vertebró toda su obra (y toda su vida).
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jueves, 29 de abril de 2010
Sant Jordi 2010
El Sant Jordi de este año nos trajo estas nuevas joyitas para degustar los próximos meses, a saber: Nocilla Experience (se ha hablado mucho de este libro y la verdad es que no me atraen mucho estas novelitas pop, pero como eso es un prejuicio le daremos una oportunidad), Dinámica de los cuerpos eléctricos (Marta me lo compró porque le gustó el autor en una entrevista que vió en TV3), Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce (simplemente tenía muchas ganas de leer algo de Bolaño, que el marco sea la Barcelona de hace 30 años no hace sino aumentar mi curiosidad, algún día atacaré 2666, aunque -actualización- apunta Joan en los comentarios que ataque antes Los detectives salvajes y así lo haré) y El amor de Erika Ewald (Stefan Zweig, el mejor escritor que yo he leído, es siempre una apuesta segura). Los dos cómics son unos simpáticos libritos que regalaban en La casa del llibre con motivo de una exposición sobre cómic holandés que se realiza en Barcelona en varios puntos de la ciudad, tenéis más información aquí.
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jueves, 27 de agosto de 2009
Sin pasaporte
"En efecto: tal vez nada demuestra de modo más palpable la caída que sufrió el mundo a partir de la Primera Guerra Mundial como la limitación de la libertad de movimientos del hombre y la reducción de su derecho a la libertad. Antes de 1914 la Tierra era de todos. Todo el mundo iba adonde quería y permanecía allí el tiempo que quería. No existían permisos ni autorizaciones; me divierte la sorpresa de los jóvenes cada vez que les cuento que antes de 1914 viajé a la India y América sin pasaporte y que en realidad jamás en mi vida había visto uno. La gente subía y bajaba de los trenes y de los barcos sin preguntar ni ser preguntada, no tenía que rellenar ni uno del centenar de papeles que se exigen hoy en día."
Stefan Zweig (1942)
Ed. Acantilado
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